Cuadro de la serie Mujeres
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  • GENUINO SABOR HUMANOPor Vicenç del Hoyo

    Si la vida, la vida moderna, o sea, la nuestra, la de los modernos, tiene como principio y origen el doloroso fracaso producido por la incapacidad para poder continuar aceptando que el mundo puede ser explicado y comprendido por la razón y la lógica, ya que es la propia mirada unidimensional la que aparece como sospechosa de ser la causante de tanto dolor injustificado, de que la historia siempre tenga los mismos vencedores que cada vez son más crueles con los vencidos, de que el aumento del progreso nunca va acompañado de un reparto justo de las riquezas, en definitiva, de que en nombre de la verdad nunca se había producido tanto desprecio por lo netamente humano, entonces, llegados a este punto, la pregunta es: ¿qué papel le queda al artista moderno? ¿Qué hacer y decir ante tanta devastación y zozobra?

    Ningún artista moderno puede eludir la respuesta a esta pregunta. Cada autor responde a su manera a la incomodidad moderna con que vive el acto creativo. Decir es siempre decirse, posicionarse y tomar partido delante del estado de las cosas permanentemente controvertido. Pintar, por lo tanto, es dejar constancia de la mirada, de la dirección que se emprende ante el continuo naufragio del que ya formamos parte. Por ello, contemplar la obra de un artista exige estar atento a lo que no aparece, a lo que sólo puede aparecer como meramente aludido, a lo que nunca podrá ser pintado pero que constituye el núcleo y la razón de ser del combate con uno mismo y con el mundo.

    Una primera aproximación a la obra de Mónica Sabbatiello nos muestra que a pesar de la diversidad de los temas abordados siempre palpita una cierta atmosfera de enigma que inevitablemente nos provoca desasosiego. Un ejemplo de ello son las pinturas dedicadas a retratar caras de mujeres. En esos lienzos, algunos de una gran alegría cromática, construidos como el resultado de un proceso de deconstrucción del rostro humano, lo más inquietante es indudablemente la mirada. ¿Qué miran? ¿Dónde están orientados esos ojos?, nos preguntamos de forma insistente. Es aquí donde mejor reconocemos el carácter de Sabbatiello. Nada afirma y nada niega: deja que las cosas sean, que no es poco. Retrata un intangible, pinta una pregunta. Pero no es una pregunta lanzada al aire sin más, es una pregunta que como en una herida se nos escapa una parte de nosotros. Algo se escapa y se pierde en esas miradas, no a borbotones sino con la insistencia de una lágrima escondida y largamente contenida.

    Otras veces hurga en nuestro más profundo interior mostrándonos algo invisible y a la vez presente: la memoria. La autora realiza una inversión del curso de las cosas y de los tiempos. Como los artistas nada quieren explicar, ella no va de las primeras causas a las últimas consecuencias. Ya no es la vejez la que acumula las heridas del tiempo. De esta manera, Mónica nos puede mostrar a través de un rostro joven como ya emergen las incontables derrotas futuras. Otras veces nos presenta a seres humanos de espalda, parece como que quisiera amagarnos sus miradas y sus desvelos. Ella consigue que la espalda de la persona sea tan reveladora como la cara. Hace hablar a todo el cuerpo. Con ese afán de humanización aborda otro de sus temas preferidos como es el paisaje de su infinita Patagonia. Tierra, mar y aire respiran en una variada gama de amarillos y azules. ¿Qué hay más primigenio que el amor al horizonte? Vemos sin ver a vientos peinar rizos a las nubes y acariciar paternalmente a las juveniles hierbas. Todo habla de nosotros, de nuestra manera de habitar el mundo. También las misteriosas formas de las nubes.

    Si hubiéramos de buscar un motivo común, un único impulso para toda la obra de Mónica Sabbatiello, creo que se podría resumir en una búsqueda sin prejuicios de lo humano, de lo radical y genuinamente humano. En Selfie es capaz de ironizar sobre esa actitud tan contemporánea y enfermiza como es la de autofotografiarse. El ojo que no ve es el que mira a la cámara que se mira a si mismo. Nunca habíamos estado tan lejos de nosotros mismos como cuando practicamos el onanismo del autorretrato. Es como si un ejército de mutilados fotografiara alegremente los miembros perdidos. Eso es la modernidad que aparece bajo la mirada de nuestra autora. ¡Viva la humanidad, ya y siempre ya, perdida!